De una épica borrachera presidencial nació el Caldo Tlalpeño
Una cocinera anónima armó una poción mágica con pollo y epazote para revivir a Antonio López de Santa Anna tras una rumba legendaria.
Si jueras de los que pensaba que el Caldo Tlalpeño era obra de un chef pretencioso o una receta fit de la abuela, estás muy equivocado. Este manjar levanta-muertos nació por culpa de una peda monumental del mismísimo Antonio López de Santa Anna, el expresidente al que le gustaba más el desmadre y las peleas de gallos que gobernar el país.
Resulta que allá por el siglo XIX, en el antiguo Tlalpan (cuando todavía se llamaba San Agustín de las Cuevas), Santa Anna se aventaba fiestas de una semana entera apostando oro, plata y hasta la dignidad. Después de una de esas noches de “carrera larga”, el mandatario amaneció con una cruda que ni con tres Electrolit de coco se le quitaba. En modo zombi, le rogó a su cocinera un milagro para no entregar los tenis. La señora, más ágil que un vendedor de cobijas en feria, fue al patio, sacrificó dos pollos y armó un brebaje con verduras, garbanzos, chipotle y el santo grial de la receta: un buen puño de epazote. El caldo en plato de barro literalmente resucitó a Santa Anna, dejándolo al cien para seguir tomando malas decisiones históricas.
Pero como en todo buen chisme hay un “lado B”, los historiadores más contracorriente dicen que saquemos a Santa Anna de la ecuación. La otra versión apunta a los años veinte en la antigua estación de tranvías de Tlalpan, donde una tal doña Panchita curaba a los desvelados y pachangueros de la madrugada con un “Caldo de Tlalpan” servido con aguacatito, queso y tortillas recién hechas.
Ya sea el remedio para el resacón de un presidente fiestero o el invento de una marchanta para alimentar trasnochados, el Caldo Tlalpeño es el rey indiscutible para curar la cruda. ¡Bendita sea la borrachera que lo vio nacer!