De piojos gringos a payasos trágicos: el oscuro origen de “Firulais”
Olvídate de la tierna caricatura de los noventa. El famoso apodo para los perritos de la calle nació de la fobia migratoria gringa y del dramático desenlace de un torero en desgracia.
Si crecías tragando cereal frente al televisor viendo a Tommy Pickles gatear en pañales, seguro jurabas por el osito Bimbo que el perro de los Rugrats se llamaba Firulais gracias a la pura magia de la televisión. Pues te traigo tu baño de realidad, rey. Bautizar así a cualquier lomito callejero que te topas afuera del Oxxo es una joya histórica que mezcla la fobia gringa por la higiene y un drama tapatío tan denso que haría llorar al mismísimo Joker de Joaquin Phoenix.
El primer chismecito nos escupe hasta mediados del siglo veinte en la frontera con Estados Unidos. Las amables autoridades migratorias, con su clásica calidez de ICE, exigían que los perros mexicanos cruzaran desinfectados y gritaban en su impecable inglés: “free of lice”. Pero como nuestro verdadero deporte nacional es masticar y destrozar el idioma ajeno para no pagar regalías, la frase mutó gloriosamente hasta castellanizarse como Firulais. Así que sí, cada que acaricias a un perrito tiernamente, le estás diciendo “libre de piojos” en Spanglish de barrio.
Pero si prefieres una tragedia nivel Black Mirror, agarra pañuelos. La segunda teoría narra la vida de un torero en Jalisco que, tras dilapidar su fortuna y fracasar miserablemente, terminó chambeando de payaso indigente. El compa adoptó un perro de la calle y lo nombró Firulais, pero como el karma es un cobrador implacable, el animal estiró la pata casi al instante. Traumatizado, el sujeto robó el nombre de su difunta mascota como alias artístico, esparciendo esta lúgubre historia de miseria y pulgas por toda Latinoamérica. ¡Qué hermoso legado!
¿Y tú con que versión te quedas?